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Lunes, 01 Junio 2015 09:04

He sido fiel a no rendirme

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El joven invidente Lisbán Torres Pérez, quien contra todos los obstáculos se graduó de ingeniero y Máster en Informática, trabaja como profesor a tiempo parcial de la Cujae y preside las comisiones nacionales de Informática y Nuevas Tecnologías y Atención a Niños y Jóvenes en la Asociación Nacional de Ciegos y Débiles Visuales.

A los 17 años un glaucoma ocular le arrebató la visión. Estudiaba en el IPVCE Vladimir Ilich Lenin, de La Habana, y comenzó la odisea de adaptarse a un mundo a oscuras.

Lisbán Torres Pérez sintió la peor sacudida de su vida, tan joven y ciego, pero tenía que imponerse. Y lo hizo. De ellos dan fe su título de Ingeniero en Informática y su maestría en la misma especialidad. Por eso, vamos de regreso al pasado, al rescate de su historia.

La plática comenzó en un parquecito del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (Cujae), donde trabaja como profesor a tiempo parcial, cubriendo labores docentes en la facultad de informática de la universidad y en el Complejo de Investigaciones Tecnológicas Integradas (CITI), en el que trabaja como especialista en ciencias informáticas y donde desarrolla software e investigaciones en distintas áreas de esa tema.  

¿Cuánto te ayudó el Centro de Rehabilitación para Ciegos y Débiles Visuales?

—Le debo haber cambiado todo el enfoque que tenía de una persona ciega. Antes de llegar allí, había estado un año en mi casa sin salir a nada; mi madre quería dejar de trabajar para que yo no estuviera solo, pero nunca se lo permití.

«Salí del centro a comerme el mundo, tenía confianza para hacer las cosas, me dieron todas las herramientas necesarias y me convencieron de que con ellas sería capaz de cualquier empeño.

«Hoy, la mayor parte del tiempo en la Universidad me lo paso en la oficina. Siempre estoy trabajando o haciendo algo para adelantar. Algunos amigos a veces me dicen: “Oye, no te veo”; pero es que tengo mucho trabajo y me gusta cumplir con lo que hago».

¿Cómo llegaste a ser ingeniero en Informática?

—En el Centro de Rehabilitación —cuando ingresé—, daban un curso experimental de Computación. Al oír el sonido de las computadoras le pregunté a Dayamí, la bibliotecaria que lo impartía en ese momento, cómo eran esas máquinas. Ella me explicó, y mi respuesta fue sencilla: “Es una locura”. Y di media vuelta.

«No había dado ni diez pasos cuando regresé, la matrícula estaba cerrada, pero empecé a ir a las clases y después que los alumnos terminaban me sentaba a practicar lo que habíamos dado en el día. Esto fue todo un reto, y los retos me gustan.

«Entonces decidí estudiar Informática. Traté de ingresar en la Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI), que en ese momento surgía, pero fui víctima del estigma, y la respuesta oficial fue que el centro no estaba preparado para recibir a un ciego; era algo que no entendí, porque ese lugar tenía todas las herramientas y condiciones, y yo quería aprender.

«La decepción y el disgusto fueron grandes, incluso hubo personas que me aconsejaron tomar otra carrera, porque consideraban que mi limitación era incompatible con el estudio de la Informática.

«Alguien llegó hasta a aconsejarle a mi mamá que me buscara una guitarra y me pusiera a tocar, porque la UCI era algo para los mejores alumnos del país. Me recomendaron las sedes municipales y el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría, pero quería aspirar a algo grande, por eso me presenté en esa institución, hice las pruebas por oposición y en la boleta solo puse una carrera: Ingeniería Informática».

Al concluir sus estudios en la Cujae, pudo categorizarse como profesor e impartir sus conocimientos, hasta ver recompensados sus esfuerzos con la maestría que concluyó en el 2011. Sin dudas, Lisbán ve con el corazón, nada le es ajeno, goza de la integralidad de un joven en busca de grandes cosas y hasta es amante del deporte.

«Sí, claro, como todo buen cubano disfruto los deportes, además soy industrialista, aunque este año me quedé sin comentarios, por los resultados que tuvieron», alega sonriente.

«Si voy a correr, lo hago sin miedo; si la bola viene dura, me tiro a cogerla, aunque en varias ocasiones me han dado pelotazos. Pero cuando uno no tiene miedo no piensa, solo juega.

«He jugado desde ajedrez hasta fútbol rugby, y sigo  todos los deportes. Desde niño los veía, especialmente el fútbol; con cinco o seis años coleccionaba recortes de periódicos y los guardaba, pero claro, la pelota cubana siempre está por encima en mi preferencia.

«Cuando era un poquito más joven practicaba atletismo, específicamente velocidad, y según dicen tenía muchas condiciones; sin embargo, nunca estuve en una competencia nacional. Esto requiere un entrenamiento y mucha dedicación, y eso de estudiar Informática y ser ciego me absorbía todo el tiempo.

«Luego me dediqué al béisbol para ciegos, como se le conoce. Es uno de los deportes paralímpicos que en Cuba practican las personas con esa discapacidad. Se juega con una pelota de caucho con seis orificios con cascabeles, un bate de béisbol, de madera o aluminio, guantes y gorra. Logré integrar la selección de La Habana y fuimos subcampeones nacionales; tengo varios trofeos de los juegos, pero hace un tiempo decidí no jugar más».

Atrevimiento, audacia

Lisbán viaja todos los días de San Miguel del Padrón a la Cujae, y viceversa. Sale de su casa a las 6:46 a.m. para llegar a tiempo a su jornada, que comienza a las 8:00 a.m. y termina a las 6:00 p.m., pero hay momentos en que le gusta tomarse su día, verse con sus amigos, salir, bailar, disfrutar de todo lo que le rodea.

También se caracteriza por el atrevimiento, la audacia. «Siempre me atrevo y si no puedo, bien, ¡pero tengo que tratar!», reconoce.

Su familia es esencial para él. Sus padres, la hermana y el sobrino de cuatro años complementan su mundo, son las personas que lo han ayudado a forjar el carácter y lo hicieron un hombre, sin temores a nada. Su papá Jorge, un obrero calificado, y la mamá, Milagros, técnico medio en contabilidad, fueron su mayor incentivo para estudiar en la Universidad.

Recuerda que cuando se desvinculó de los estudios, su papá fue la persona encargada de buscarle los libros para que se preparara para los exámenes de ingreso. Él y Milagros se los leían y lo ayudaban en todo.

¿Cómo divides tu tiempo libre?

—Casi no tengo tiempo libre, pero el poco del que dispongo lo dedico a muchas cosas, entre ellas el baile, que me encanta, y la salsa, mi género preferido. En cuanto a la música, me gustan Pupy y los que Son Son, Van Van…

«Eso lo complemento con las salidas con mis amigos, con pasear, caminar, visitar el mar, ir a los campismos, andar por lomas… Lo que me gusta es sentirme vivo, que no estoy perdiendo el tiempo».

Su escritor preferido es Daniel Chavarría, aunque lee todo lo que le caiga en las manos. Si acapara su atención, dedica parte de su tiempo a «devorarlo».

«Voy al cine y puedo “ver” una película —dice en sentido figurado—, aunque suene extraño para algunos. El mundo audiovisual me atrae, y la modalidad de audiodescricpción está hecha para nosotros, pero yo las prefiero sin ella.

«Es que me gusta que suceda como en la vida misma. Por ejemplo, yo estoy aquí y no sé lo que sucede a mi alrededor, pero me lo tengo que imaginar, deducir lo que está ocurriendo. Y esto es lo que me pasa con las películas: entre lo que oigo y puedo imaginar, consigo visualizarlas».

—Además de ser profesor en la Cujae, ¿qué otras responsabilidades tienes?

—En la Asociación Nacional de Ciegos y Débiles Visuales (ANCI) tengo varias, como miembro de sus Consejos Provincial y Nacional. Además, me han encomendado tareas como presidente nacional de las comisiones de Informática y Nuevas Tecnologías y de Atención a Niños y Jóvenes, de esta misma organización.

«En el caso de la Comisión de Informática, hay muchos proyectos, pero en estos momentos tenemos dos prioridades, una es la creación de una página web que permita la accesibilidad a personas ciegas, y ahí podrán encontrar todo el trabajo que se ha realizado a lo largo de los años   en la Asociación.

«El otro objetivo es lograr una informatización que nos permita el acceso a todas las tecnologías, por ejemplo, los cajeros automáticos. A mí me ocurre que cuando tengo que sacar dinero necesito ir con alguien; por eso trabajamos para que el fabricante también piense en nosotros, los ciegos.

«En la Comisión de Atención a Niños y jóvenes nos proponemos incrementar su vinculación con la sociedad y la vida, que por varios motivos, personales o no, en muchas ocasiones no se insertan. Nos centramos en estos muchachos porque son lo que tienen un menor nivel de incorporación y participación».

—¿Pareciera que el bastón es como uno de tus «mejores amigos»?

—Mi bastón es una herramienta, me dicen que está arañado, torcido, que por qué no busco uno nuevo, pero no es un lujo, sino una ayuda. Realmente no es bonito, y no puede serlo porque recibe los golpes por mí, por lo que le agradezco.

«Con él tengo confianza para hacer las cosas. El susto más grande siendo ciego fue cuando me guiaron mal y caí por una escalera; sinceramente no sé cómo me las arreglé para llegar de pie a la parte de abajo».

¿Cómo te describes?

—He sido y seguiré siendo muy fiel a mí mismo, a mis principios, a no rendirme nunca. Aunque tenga miedo en algún momento de la vida, siempre enfrentaré cualquier desafío. Soy atrevido, a veces hasta temerario».

¿Por qué temerario?

─Por todo lo que emprendo y me hace sentir vivo. Parte de la vida de un joven es nocturna. ¿Se imaginan a un ciego a las tres de la madrugada andando por la calle o acompañando a alguien para después regresar solo? Yo no solo me lo he imaginado. Por eso creo que soy temerario.

Fuente: Juventud Rebelde

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