La Campaña de Alfabetización, el hecho de la historia de Cuba que particularmente más me ha enamorado

22 de diciembre de 2021 Por: Gilda Vega Cruz Profesora de la CUJAE.

Muchos son los hechos y personajes de la historia de Cuba que me han enamorado a lo largo de mis 63 años.

Los motivos han sido diferentes. Me enamoré de Maceo en la Protesta de Baraguá, creo que no hay un hecho de la historia de Cuba en el cual se presente con más fuerza la hidalguía del pueblo cubano. He vivido enamorada de Martí, multifacético, enamorado de la vida, con una existencia física, lamentablemente, tan corta y con tanta vigencia en cada minuto de nuestra vida. Sin dudas el Che me cautivó desde que comencé a conocerlo, recientemente leyendo el libro ¨Evocación¨ de Aleida March en el cual profundicé en el Che, padre y esposo, se ha afianzado ese amor. Así podría enumerar un infinito número de hombres, mujeres y hechos de nuestra historia de los que he vivido enamorada y quisiera hablarles a mis hijos y nietos para que los sintieran como propias. En esta ocasión, sin embargo, hablaré de un hecho que viví y que marcó no solo mi vida sino también la de gran parte de mi generación, para siempre, “La Campaña de Alfabetización”. Así comenzaría esta historia.

…Hay un hecho de nuestra historia reciente que marcó, en mi criterio, el compromiso de los jóvenes con la Revolución, “La Campaña de Alfabetización”. Para todos los que participamos en la Campaña, como cariñosamente le llamamos, siempre ha habido un antes y un después. La Campaña nos hizo crecer como hombres y mujeres, como revolucionarios definidos, como personas responsabilizadas con hacer cumplir la palabra empeñada por Fidel.

Cuando escuchamos a Fidel en la Asamblea General de la ONU decir que Cuba en un año eliminaría el analfabetismo sabíamos que esa tarea era nuestra, de los jóvenes y quizás desde ese momento comenzaba la 1era etapa de la Campaña que para mi historia personal fueron 3.

La 1ra comenzó cuando mi hermana y yo estudiábamos en Marianao, eran tiempos en los que no había en las escuelas ni Partido, ni profesores guías, ni profesores organizados, luego la misión de convencer a nuestros padres que nos dejaran participar fue muy compleja y muy individual. En mi caso, después de convencer a mi mamá de que me dejara ir por ser dirigente de la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR) y por esa razón debía dar el ejemplo, le llegó el turno a mi hermana, de solo 11 años. Ella “metió un bateo”, que si me dejaban ir a mi, tenían que dejarla a ella etc., etc. y con mucho esfuerzo y con ciertas condiciones (que debíamos ir juntas y que teníamos que pedir nos mandaran para Cruces donde teníamos parientes lejanos) nos autorizaron a las dos a participar. Precisamente hace relativamente poco, la directora del Museo de la Alfabetización me trajo una copia de nuestras planillas de inscripción en la Brigada Conrado Benítez, fue un regalo muy lindo que guardo con mucho cariño y solo en ese momento me percaté que mi planilla está firmada por mi papá y la de mi hermana, por mi mamá.

La partida para Varadero, donde recibiríamos la preparación política y metodológica para cumplir con éxito la misión fue otra odisea. Nosotras vivíamos en el Vedado, pero estudiábamos en Marianao y esperábamos la llamada como nos habían indicado pero este aviso no llegaba. Mi hermana y yo volvimos locas a mi mama para que fuera a Ciudad Libertad para averiguar. Un día se decidió y llegó con la noticia que ese mismo día nos debíamos presentar en Ciudad Libertad para irnos con el grupo que salía esa tarde, eran estudiantes de Luyanó que, por supuesto, no conocíamos, pero el deseo de estar alfabetizando fue mucho mayor que el hecho de ir con desconocidos. Hubo dudas, opiniones, pero nos presentamos y nos fuimos.

Así comenzó para nosotras la que yo llamo 2da etapa, la preparación en Varadero. Mi hermana y yo éramos de una familia muy humilde, habíamos ido una vez a esa playa en un camión que salió de mi barrio, imaginen lo que significó estar alojadas en una bellísima casa de Kawama, Kawama D-7, de 2 plantas y frente al mar, era como un sueño. Recuerdo que por las tardes después que terminábamos las clases, yo me sentaba en la terraza de la casa a contemplar el mar. En esa estancia en Varadero, ocurrió un hecho interesante y cómico. Un día reparten los uniformes y nos dicen que esa noche nos distribuirían para los lugares donde alfabetizaríamos. Yo no alcancé botas pues todas eran pequeñas y por tanto debía esperar para mi ubicación, pero mi hermana estaba “completa” y podía ser ubicada y la recuerdo llorando por toda la casa con sus botas en la mano, para ver quien las quería para poder esperarme e irse conmigo, la jefa del campamento entendió y nos fuimos juntas 2 días después.

La ubicación era para Camagüey, decidimos entonces que para allá nos iríamos y después le explicaríamos a mi mamá porque no habíamos ido para Cruces. Ganábamos así, en independencia y conciencia y ya la habíamos complacido a ella en estar juntas y justo ahí comenzó la 3era etapa de la Campaña.

Fuimos de Varadero a Camagüey, ciudad que no conocíamos, en guaguas escolares, grises con una banda roja color vino y cuando llegamos nos concentraron en los escolapios de esta ciudad. En el patio de la escuela preguntaron quienes tenían alguna instrucción revolucionaria y yo, que había sido dirigente de la AJR en la secundaria y había dirigido algunos círculos políticos respondí que YO y allí estuve “entreteniendo” a las más pequeñas hablándoles de la Revolución y sus planes. Al otro día nos distribuyeron en los diferentes municipios.

Alfabetizamos en uno de los 2 bateyes de la cooperativa cañera “Jesús Menéndez” del antiguo Central Jaronú, hoy Brasil, del municipio Esmeralda, pegado a la Línea Norte de Cuba sin luz eléctrica, ni agua corriente, a 5 kilómetros de Sola, el pueblo más cercano, en un lugar donde la mayoría de los habitantes eran haitianos, que vivían en los barracones de los antiguos esclavos. En la zona habíamos un total de 10 brigadistas “Conrado Benítez”, 6 varones camagüeyanos y 4 hembras habaneras, constituimos una gran familia.

Uno de los varones, Juanito, era un muchacho muy bien preparado que “organizaba y dirigía” las charlas que dábamos a los campesinos. A Juanito es el único que he vuelto a ver y fue, el nuestro, un reencuentro tan inesperado como emocionante. Resulta que entre los años 2002 y 2003 yo fui la presidenta de la Comisión Electoral Provincial en Ciudad de La Habana en las elecciones generales que se celebraron en esos años. Juanito me cuenta que, viendo el noticiero de la televisión, el me ve dando alguna información de las elecciones y gritó… “esa es Gilda Vega” la que alfabetizó conmigo. Al otro día me localizó en mi oficina. Está viviendo en La Habana y era funcionario de la Corporación Cubanacán, tremendo alegrón que recibí.

Los campesinos del batey construyeron una escuelita de techo de guano para nosotros en la cual cada noche todos los brigadistas impartíamos las clases a nuestros alumnos. Solo teníamos 2 faroles chinos que colgábamos del techo de la escuela. Froilán, uno de los brigadistas camagüeyanos era un especialista en el encendido del farol y la verdad que la luz emitida era intensa y blanquita, nunca pude aprender a encender el farol. Yo alfabeticé a 11 personas, uno de ellos haitiano, que tenía como nombre español Alfredo Pol Llaní, incluso sobrepasó lo que estaba establecido y quiso que yo le ensañara “cuentas” y así lo hice y él lo logró.

Cada día me traía platanitos manzanos a la clase y no tenía palabras para agradecerme lo que yo hacía, era un hombre encantador y educado. Cuando el alumno aprendía a leer y escribir los alfabetizadores debíamos sugerirle que le escribiera una cartica a Fidel diciéndole lo que había significado para él saber leer y escribir y darle las gracias por haber permitido ·ese “milagro”.

Cada vez que yo intentaba que Pol hiciera la carta, siempre terminaba dándome las gracias a mí y no a Fidel, él me decía “maiestra” con el deje del patuá de su natal Haití. Al fin tuve que transar y permitir que escribiera en la carta … “gracias a Fidel y a mi maiestra Gilda…”, hoy esa carta está en el Museo de la Alfabetización para orgullo mío. Entre mis 11 alumnos, estaba una mujer a la que yo, 3 veces a la semana, iba a darle clases a su casa al mediodía. Ella vivía lejos del batey, su esposo por celos, no la dejaba venir a las clases. Esa mujer, cuyo nombre no recuerdo, era muy inteligente, muy bondadosa, sufrida y no sabía cómo agradecerme aquello que yo hacía por ella. Claro que aprendió a leer y escribir y recuerdo cómo se reía el día que escribió su carta a Fidel.

En la zona no había maestro para los niños y los brigadistas, que éramos jóvenes rebeldes, construimos un aula para ellos y le dábamos clases por las mañanas, ahí nació mi vocación de maestra. También, como parte de nuestra labor con los niños, creamos la Unión de Pedagogos de Cuba (UPC) y los 10 brigadistas que habíamos en la zona trabajamos en el campo, sembrando maíz y frijoles para ganar dinero y poder comprarles a esos niños, los uniformes escolares.

Por iniciativa nuestra, una vez a la semana reuníamos a todos los alumnos para impartirles charlas revolucionarias de los temas que se orientaban en la cartilla y el manual. Preparábamos a los campesinos con intervenciones y fue una experiencia inolvidable en la cual aprendimos muchísimo. Teníamos un alumno (no era mío) llamado Medrano, que era el que ordeñaba la vaca que nos daba la leche que desayunábamos. Yo me levantaba muy temprano y me le acercaba al potrero con un jarro de aluminio grande, para tomar la leche espumosa y calentita, acabadita de ordeñar. Terminé con parásitos de todo tipo, pero me daba un gusto tremendo tomarme aquella leche exquisita. En aquella época la vaca parió un ternerito que Medrano llamó Gildito en mi honor.

A este hombre le encantaba participar en las charlas y una vez lo preparamos para hablar de Julio Antonio Mella. Ensayamos con él varias veces y siempre Medrano decía…"porque José Antonio Mella” y nosotros, Juanito y yo lo rectificábamos y le decíamos - Julio Antonio Mella, Medrano, dígalo bien - no se preocupen nos decía, yo lo voy a decir bien. Así llegó la hora de la charla y Medrano comenzó su discurso… “porque Julio José Antonio Mella” y nosotros no pudimos aguantar y nos echamos a reír, el pobre hizo tremendo esfuerzo y al final aquello no le quedó mal.

En noviembre supimos de la muerte de Manuel Ascunce. Manolito era de Luyanó y una de las 4 brigadistas hembras era su compañera en la secundaria. Tuvo presiones por parte de los padres para que regresara, pero ella se mantuvo firme y nosotros la apoyamos. Silvia, que así se llamaba, terminó la Campaña con nosotros.

Por la cooperativa, el responsable era un trabajador que se llamaba Roberto Hernández, pero todos le decían Cuquito. Cuquito era un hombre negro, corpulento y bondadoso que atendía nuestras preocupaciones. Nos acompañó cuando tuvimos que ir a Sola al primer cambio de moneda que ocurrió después de la Revolución, fue con nosotros a los encuentros con otros brigadistas y nos llevó en tren a un juego de pelota a los terrenos del central Jaronú. Cuquito tenía una linda familia en Sola formada por 2 hermanas igualmente buenas y sus hijas e hijos.

Un día cerca del 8 de septiembre, Día de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, Cuquito nos invitó a un toque de santo que se celebraría ese día en la casa de sus hermanas y nos advirtió que no podríamos regresar hasta la mañana siguiente al batey. Nosotros nunca habíamos estado en ese tipo de actividad y nos llamaba mucho la atención estar en la misma. Para allá nos fuimos los 10, con Cuquito y al principio todo fue muy divertido. Nos dieron comida y la música y la gente eran fabulosas, pero a medida que los participantes se fueron excitando con la música y el ron, aquello se puso difícil para nosotros, a la gente le fue “subiendo (o bajando, no se) el santo”, los tambores sonaban con vehemencia y nosotros prácticamente solos y aislados nos fuimos acobardando, salimos de la casa, nos sentamos afuera y allí sin dormir, temblando, esperamos el amanecer. Tempranito nos fuimos para el batey y de eso nadie volvió a hablar, nuestras familias nunca se enteraron y continuamos queriendo muchísimo a Cuquito como si nada hubiese ocurrido.

La Campaña también sirvió para fortalecer la relación con mi hermana, que a pesar de ser solo un año menor que yo se convirtió en “mi hija”. En los viajes de ida y regreso yo no podía dormir pues ella tenía que hacerlo arriba de mí. Los brigadistas lavábamos la ropa en una batea de madera para la cual cargábamos el agua de un pozo y ella me pedía que se la lavara yo, porque ella tenía sus manos “muy chiquitas”; planchábamos la ropa con una plancha de hierro que calentábamos con carbón y ella no podía planchar porque “temía” quemarse. Mi abuela nos escribía una carta diariamente y yo nunca logré que mi hermana le contestara, esa era una tarea de la hermana mayor, decía ella. Mis padres también contribuyeron al éxito de nuestra misión, afianzaron la confianza en nosotras y nos apoyaron desde La Habana. Mi papá fue alfabetizador popular en el barrio de Las Yaguas y por eso me pareció fabuloso y justo que cuando se entregó la Medalla de la Alfabetización y yo estaba en la Unión Soviética, le entregaran mi medalla a él, a mi papa, justamente en el polígono de Ciudad Libertad, frente al Museo de la Alfabetización, desde donde un día en 1961 partí a alfabetizar.

Nuestras cartas también mostraban la impronta de un país y de una juventud en plena efervescencia revolucionaria. Escribíamos, en el texto de las mismas y en los sobres, consignas revolucionarias, hacíamos dibujos, pintábamos banderas cruzadas de Cuba y la Unión Soviética, en fin, estos materiales llevaban a varios lugares de Cuba un mensaje de un pueblo que luchaba por algo mejor, una admiración tremenda por sus dirigentes y una confianza absoluta en lo que estábamos haciendo.

El 15 de diciembre nos declaramos Territorio Libre de Analfabetismo, nos volvimos a reunir e izamos la bandera que nos acreditaba. Que fiesta constituyó para cada uno de nosotros el cumplimiento del deber, cuantas lágrimas corrieron por nuestros rostros, cuanta tristeza por el regreso, cuantos amigos dejamos en Maisí, que así se llamaba nuestro batey, pero cuanta satisfacción sentimos por el deber cumplido.


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