La Campaña de Alfabetización: El hecho cultural más importante de la Revolución

22 de diciembre de 2021 Por: Tatiana Martínez Hernández

Hace hoy, exactamente 60 años culminó en espectacular acto masivo en la Plaza de la Revolución “José Martí” de La Habana, el hecho cultural más importante de la Revolución: La Campaña de Alfabetización.

Miles de jóvenes se reunían junto al líder histórico, Fidel Castro, para celebrar el triunfo de convertir a Cuba en Territorio Libre de Analfabetismo, primer país de América Latina en alcanzar tal condición.

Un 22 de diciembre de 1961, un mar de voces le pedían a Fidel qué otra cosa ellos podían hacer, para continuar ayudando a la naciente revolución. Lo que no eran conscientes que esa Campaña fue la simiente del largo, sostenido, y ascendente proceso educacional en Cuba.

La mayoría de esos, apenas adolescentes y jóvenes, siguieron el camino de la docencia en diferentes niveles de enseñanzas. Fueron los pioneros de las Escuelas Formadoras de maestros en recónditos parajes de la geografía cubana como Minas de Frío, Topes de Collantes y Tarará.

Nuestra Cujae desde su fundación tuvo en su inicial claustro a muchos de los Maestros Voluntarios y Brigadistas “Conrado Benítez” de entonces. Hoy se mantienen en nuestras aulas más de 50 profesores en las diferentes áreas de nuestra ciudad universitaria, que enorgullecen al colectivo de estudiantes, profesores y trabajadores.

Para esta ocasión entrevistamos a cuatro de ellos. No son suficientes estas publicaciones para reconocer su entrega. La Dirección de Comunicación agradece poder contactar con otros alfabetizadores para compartir sus historias.

Una experiencia muy feliz y grandiosa para nuestras vidas

Humberto Palacios Barrera, es profesor de la Facultad de Ingeniería Industrial y tenía 20 años cuando se incorporó a la Campaña de Alfabetización. Fue a la zona de Yacobo Arriba y los Mulos en el barrio de Imías, en la hoy provincia de Guantánamo.

Por la formación que poseía y su edad, Humberto fue Maestro Voluntario, los iniciadores de este proceso educacional, antes de los brigadistas. Bajo su cuidado y orientación tenía brigadistas “Conrado Benítez” y “Patria o Muerte”, estos últimos de la CTC.

Él fue el asesor de la zona “que va desde la base que es San Antonio del Sur hasta los Mulos, donde se puso la Planta reproductora de la TV cubana para dotar a la población de allí, que había sido zona de silencio en Cuba”.

“Para nosotros fue una aventura increíble. Era una zona donde existían personas que habían realizado actos delincuenciales contra la Revolución, incluso hubo un alzamiento de la guarnición de Imías y toda esa zona era bastante peligrosa.

El caso más famoso fue el de Yarey, un grupo de alzados que hicieron hechos muy feos a la población. Sin embargo, ninguno abandonó la misión, seguimos ayudando, nos mantuvimos hasta el final de la Campaña y tenemos una experiencia muy feliz y grandiosa para nuestra vida”.

“Allí conocí a mi actual y única esposa, Eulalia Díaz Ibañez. Cumplimos 57 años de casados este domingo 26 de diciembre”.

Una experiencia hermosa que le agradezco a la Revolución

Eulalia Díaz Ibañez piensa con nostalgia de esa etapa y ve ya como posibilidad la hora de dejar el aula, a la que le ha entregado su vida. Solo en la educación superior lleva casi 40 años. Ella es profesora de la Dirección de Marxismo-Leninismo e Historia, perteneciente al Instituto de Ciencias Básicas (ICB) de nuestra universidad.

“Fue una experiencia bonita y muy hermosa que me ha dado vida y le agradezco todo ello a la Revolución”, confiesa con orgullo.

Eulalia, conocida como Lalita entre sus amistades, ya estaba en las montañas antes del inicio de la Campaña de 1961. Tenía 18 años y vivía en La Habana, terminaba el Bachillerato (Pre-universitario) en el Instituto de La Habana, cuando el llamado de Fidel a los maestros voluntarios y decide incorporarse a enseñar.

“Para mi aquello fue impresionante, realmente, yo nunca había pensado haber sido maestra, pero ante el llamado de Fidel, sentí que era mi oportunidad para hacer algo por la Revolución, era lo que tenía que hacer, porque hasta ese momento no había hecho nada importante y esa era mi oportunidad, y me fui para allá junto a mi hermana”.

Después de un tiempo de entrenamiento, trabajó en un cuartón que le llamaban De Cabaña, “era un lugar inhóspito que pertenecía a Baracoa. Para llegar había que ir en una balsa por el río, no había caminos, la situación era bastante complicada. En ese lugar nunca había llegado un maestro, tanto los niños como los adultos prácticamente todos eran analfabetos”, recuerda.

Como muchos de esa época, a Eulalia le tocó construir su propia escuela. “Con ayuda y gestiones por toda la zona, en el propio centro de Moa, pudimos construir una escuela, con la participación de los campesinos. Allí trabajé en la escuela con los niños y adultos, a otros los enseñaba en sus propias casas.

La profesora Eulalia dirigió a cinco brigadistas “Conrado Benítez”, casi niños, de 11 y 12 años. Los cuidaba a ellos y distribuía el trabajo.

“Después de alfabetizar continúe siendo maestra en la zona de montaña durante cinco años. Trabajé en la escuela vocacional “Sierra Maestra”, de Minas de Frío, que se creó para la formación de maestros en aquella etapa por idea de nuestro Comandante en Jefe, como todo en nuestra Revolución. Después continúe siendo maestra hasta ahora, ininterrumpidamente. Desde 1960 estoy trabajando en las aulas en las distintas enseñanzas”, dice emocionada.

A sus alumnos les gusta tener una alfabetizadora como profesora, continúa Eulalia, les interesa saber cómo era la vida en esa época. “Yo les hablo de que el maestro hacía de todo en la vida rural, incluso una vez tuve que asistir un parto de una campesina, tras una situación que no pude hacer otra cosa”.

“La Campaña significó algo muy grande en todos los sentidos, me permitió adentrarme en la realidad de mi país, que no conocía”.

A esta profesión le dedica mucho amor, confiesa. “Me siento muy satisfecha y extrañooo (alarga con intención esa palabra), cuando no tengo la posibilidad del contacto con mis alumnos. Todo ha sido una experiencia muy hermosa que me ha dado vida y le agradezco todo ello a la Revolución”.

¡Usted me impulsó a hacerme maestra!

Aleida Pastora Zuaznavar Pedroso es profesora de la Dirección de Marxismo-Leninismo e Historia perteneciente al Instituto de Ciencias Básicas de nuestra universidad. Por su carácter jovial, dicharachero y criollo la rodean los más jóvenes para oír sus historias.

Aunque en esta ocasión para hablar de sí misma fue breve, ella nos confiesa que durante mucho tiempo no se sintió como una verdadera alfabetizadora porque, por una situación personal, no pudo ir a alfabetizar a las zonas rurales, y fue una alfabetizadora popular.

“Sin embargo, años después sentí una voz que me decía: ¡Maestra! Era una de las personas que yo alfabeticé, que en aquellos momentos era muy joven, y me dijo: usted me impulsó a hacerme lo que soy, Maestra, hoy soy profesora también, gracias a usted. Y entonces ahí sí que me sentí alfabetizadora”, narra Pastora.

“El ser alfabetizadora significó para mi ser protagonista de uno de los logros más grandes de la Revolución, alfabetizar a un pueblo, un mal que padecen muchos países del mundo y Cuba goza, desde 1961, de ser un territorio libre de analfabetismo. Me siento muy honrada y hoy luzco con orgullo mi medalla de la Campaña de Alfabetización”.

Cuenta que a sus estudiantes les habla de sus experiencias como alfabetizadora popular, de lo hermoso de haber participado en esa obra gigantesca de la Revolución y “ellos sienten mucho orgullo de tener una profesora que participó en la Campaña de Alfabetización”.

Aprovecha además y les habla sobre las misiones de maestros a otros países con el fin de enseñar a leer y escribir, concebido para varios idiomas y lenguas originarias en el Programa cubano “Yo sí puedo”.

Papel decisivo de los jóvenes en eliminar el analfabetismo en Cuba

Lourdes Miranda Hodelín, aún no había cumplido 16 años, era una adolescente cuando partió a las montañas con lápiz, cartilla y manual a alfabetizar.

“Lo primero que hay que tener en cuenta es el momento, es decir los jóvenes en aquella época queríamos tener participación en los diferentes acontecimientos que sucedían en la Cuba revolucionaria de los años 60. Cuando se convoca a la Campaña de Alfabetización, no lo pensé dos veces, aun cuando tuve la resistencia de mis padres, entonces busqué un tío quien me dio la autorización para poder incorporarme”.

La profesora de la Dirección de Marxismo-Leninismo e Historia del ICB recuerda tener una gran influencia de sus maestras de la primaria, quienes le hablaron de la situación que se vivía en el país en esos años con respecto a la educación.

“Yo estudié en una escuela rural, multigrado, una sola maestra daba clases a todos los grados desde 1ero a 6to grado. Desde muy pequeña sentí una gran admiración por mis maestros y comencé a tener una vocación por enseñar”.

Alfabetizó a cinco campesinos de la misma familia, en un lugar llamado San Rafael Abajo, en aquel momento Mayarí Arriba, hoy Segundo Frente. Era una zona muy intrincada, reconoce Lourdes. Había que caminar largas distancias para llegar a los lugares, las vías de comunicación en aquel momento eran bastantes difíciles, agrega.

Para esos jóvenes, la campaña no fue solo alfabetizar, fue un proceso de aprendizaje mutuo, mientras ellos enseñaban letras y números, los campesinos le mostraban la vida en el campo, a sembrar diferentes cultivos, conocer la flora y fauna del país y hasta tareas domésticas que muchas no sabían hacer, siendo aún muy niñas.

La hoy Doctora en Ciencias formada en la ex URSS, evoca: “Me marcó mucho el camino, el hecho de haber venido a La Habana por primera vez, al concluir la campaña. Nosotros, eufóricos todos, le pedíamos a nuestro comandante: “Fidel, Fidel, dinos que otra cosa tenemos que hacer”. Yo pensé que nos iba a dar otra tarea a cumplir, bueno, en realidad nos la dio cuando nos dijo: ¡estudiar, estudiar y estudiar!! y a partir de ese momento no he hecho otra cosa que estudiar, estudiar y enseñar, enseñar”.

La joven oriunda de Santiago de Cuba, no olvida el reconocimiento de Fidel, quien les dio la oportunidad de ser los primeros que iniciaron el Plan de becas en el país.

“Después de alfabetizar fui a estudiar para maestra primaria. Para ello, se transitaba un ciclo que requería pasar por diferentes escuelas, ubicadas en Minas de Frio, Topes de Collantes y Tarará. Para no retardar la formación de maestros (muy importante en aquellos años para enfrentar las necesidades de educación en Cuba), los que ya estaban en la secundaria básica, de octavo grado hacia adelante íbamos directo a Topes de Collantes.

Estuve dos años en Topes, y no llegué a los dos años en Tarará, cuando seleccionaron un grupo para incorporarse a trabajar en las aulas. Me enviaron para la ciudad escolar Camilo Cienfuegos, en la actual provincia de Granma. Tuve que terminar la carrera por curso dirigido y me gradué en 1965 aquí en La Habana”, resume la profesora.

Lourdes confiesa sentir “una gran satisfacción de haber contribuido con mi aporte a toda esta gran obra de la revolución” y recalca, “gran obra, porque todo el desarrollo educacional en nuestro país tiene su génesis en la Campaña de Alfabetización, por lo tanto, yo siento una gran satisfacción por haber, modestamente, contribuido a ello”.

Los jóvenes son el motor del cambio, de las transformaciones en todas las épocas, en todos los tiempos. Y los jóvenes de entonces “tuvieron una participación decisiva en la eliminación del analfabetismo en nuestro país”.

“A tal punto, continúa, que el ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, nos otorgó un reconocimiento, hay una medalla específica por haber participado en la alfabetización, muestra de cómo se ha reconocido la importancia de la Campaña de Alfabetización para todo el desarrollo ulterior de la Revolución”.

Al finalizar, la brigadista de entonces, reconoce que no le gusta hablar con sus alumnos de lo que ha hecho, pero ellos sí le han preguntado, teniendo en cuenta su edad y nos cuenta:

“Tuve una experiencia muy conmovedora, llevé a un grupo de alumnos (no recuerdo en qué asignatura, porque he dado muchas a lo largo de mis años como docente) al museo de la Alfabetización, en Ciudad Libertad. Ellos buscaron con los datos que les di y encontraron mi nombre, las fotos, todos los datos de los alfabetizadores, las cartas mías con mi puño y letra. ¡No pensé que el museo tuviera tanta información, tanta historia!”

“Es tanto lo que me marcó que todavía conservo con mucho orgullo mi carné de la Brigada de la Alfabetización”, concluye la profesora Lourdes Miranda.


Compartir en: