Momentos inolvidables del año 1961

29 de diciembre de 2021 Por: Rolando García Sánchez

Han transcurrido 60 años y los recuerdos de los momentos cuando por primera vez fui maestro, aún se conservan.

Estaba por cumplir los 16 años y como muchos otros jóvenes me uní a la gran campaña que partió a los campos de Cuba a llevar la luz de la enseñanza a todos los rincones. Los contados días en el Hotel Kawama en Varadero para recibir las principales instrucciones, fueron un regalo incomparable para nosotros los jóvenes que nunca habíamos salidos de nuestros barrios. Pero sin deseos de mentir, los verdaderos momentos fueron al llegar a lugares que muchos no imaginábamos que existían.

Recordemos que estas eran las primeras páginas de una historia muy común hoy día, la separación de nuestras familias y llegar a parajes desconocidos, hecho que hoy tiene lugar de forma natural y corriente.

A finales de abril, principio de mayo del 1961, a pocos días de los hechos de Playa Girón, fui ubicado en la casa de un campesino en el lomerío de Sierra de Cubita, en Camagüey y aunque la vida del campo me era algo conocida, pues mis abuelos vivían en una finca en Santa Cruz del Sur, también en Camagüey, el lugar me impactó. Un bohío de guano donde habitaba una familia de cinco miembros en un solo cuartico y de inmediato me pregunté ¿Dónde irá mi hamaca? La respuesta no demoró, era en un ranchito aledaño donde se guardaban varias cosas entre ellas el maíz seco, fuente principal de la alimentación.

Cuanta admiración y orgullo de aquellos campesinos, porque en su casa viviría un maestro y tenían todas las noches un farol que iluminaba su casa como los bombillos de la casa del dueño de la finca, donde había una planta para la generación de electricidad.

Muchos de nosotros creíamos que íbamos a enseñar, pero en realidad aprendimos más que lo que sabíamos. Aprendimos de la bondad, de la sinceridad, del amor al prójimo de tantas cualidades humanas más que reinaban en las familias campesinas, por muy pobres que fueran.

Aprendimos a ser útiles, a crecernos ante las dificultades, a sembrar y cuidar las cosechas, a usar el machete y el hacha para las necesidades domésticas, la diferencia entre hiervas para calmar un dolor y las dañinas. Con que satisfacción veíamos la alegría reflejada en sus rostros por el adelanto que obtenían, por el conocimiento que adquirían de aquellos maestros que no teníamos experiencias metodológicas ni docentes, pero teníamos amor por lo que hacíamos.

Mi labor como alfabetizador Conrado Benítez se vio coronada con el triunfo de seis personas que aprendieron a leer y escribir, pues en las tardes yo recorría casi 3 km para visitar otra casa donde tenía dos alumnos más y en las noches atendía a cuatro alumnos donde yo residía.

Lo más gratificante de esta labor, fue en el año 1968, cuando cursaba estudios universitarios en la URSS y vine de vacaciones a Cuba, decidí visitar ese lugar, ya que yo mantenía intercambio de correspondencia con ellos. Créanme, no hay palabras para describir el encuentro que entre risas y lágrimas de alegría nos volvió a unir, como ellos decían al maestro y sus alumnos.

Vivencias de hace 60 años, que me llevaron a lo que hoy soy, un miembro más de los docentes cubanos que continuamos repartiendo conocimientos a quienes lo necesitan.

Lamento que en ese entonces yo no tenía una cámara fotográfica que me hubiese permitido tener hoy fotos de esos momentos, pero no fue impedimento para buscar y mostrar aquí imágenes que son el neto reflejo de los momentos vividos por aquel ejército de alfabetizadores en disímiles lugares de todo el país y que aquí comparto con ustedes, imágenes que también llevan en su recuerdo otros profesores que hoy día están con nosotros en la Cujae.

. Junto a sus alumnos el Profesor Guillermo Miró

Tomado del GeoCafé (Boletín Informativo perteneciente a la carrera de Ingeniería Geofísica)


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