Por la sonrisa de un niño

12 de marzo 2021

Viernes, 5 de marzo del 2021 Por Miguel Alfonso Sandelis

Una cosa es contactar a estos estudiantes por WhatsApp y otra es verlos en sus puestos de trabajo en el hospital La Balear, donde ingresan a los niños positivos y sospechosos de padecer el contagio con el virus que provoca la COVID-19. Por eso me fui allá una mañana, adonde hacen historia sin saberlo, para escucharles sus anécdotas mirándoles a los ojos.

La Balear, entre lo antiguo y lo nuevo.

Ya adentro del recinto, después de que me midieran la temperatura y me echaran gel en las manos, y rodeado de una arquitectura donde lo antiguo y lo nuevo se entremezclan, fui a buscar a Terry al albergue improvisado en el edificio docente. Para el estudiante de Hidráulica en la Facultad de Civil de la Cujae, esta era su cuarta rotación, es decir, acumulaba en su haber cincuenta y seis días enteros defendiendo la sonrisa de los niños. En su primera vez, lo llamaron una tarde cuando andaba por San Antonio de los Baños con su padre. Cuando se lo comentó al papá, la respuesta fue rotunda: “Ve”. A las seis de la mañana del día siguiente ya estaba en la entrada de La Balear. Ahora el reto era mayor, porque ser el coordinador del grupo implica estar al tanto de los otros ocho integrantes y de muchos detalles, además de cumplir con su trabajo como transportista de alimentos.

Ver a dos hermanitos abrazándose al reencontrarse en una misma sala después de varios días separados, o a un niño de once años echándole aire a su hermanita bebé que dormía en los brazos del padre a la una de la madrugada, son vivencias que me las cuenta Terry con los ojos ensanchados. Así ha crecido este joven en tantos días de desvelos, llevando desayunos, meriendas, almuerzos, comidas, alegría y amor a cada sala, con el inseparable carrito donde transporta los alimentos.

Mientras converso con él, Daniel se despierta. Su rostro me muestra un sueño viejo, acumulado en las 24 horas seguidas de trabajo en Admisión. Allí debe recibir a todos los nuevos ingresos, llenar los Terry y su inseparable carrito. registros con sus datos y asignarles las camas en las salas de positivos o sospechosos, según sea el caso. Para ello, debe actualizarse constantemente sobre las capacidades que hay en cada sala. Las madres suelen llegar nerviosas y él trata siempre de calmarlas. Trabaja un día sí y uno no, desde las ocho de la mañana hasta la misma hora del siguiente día, sin salir del local. A partir de las seis de la tarde, se disparan los ingresos, por lo que el trabajo se hace más tenso. En la madrugada, cuando los ingresos disminuyen, se tira de vez en cuando en un sofá que hay allí.

Antes de dejarlo dormir, le pregunto a este estudiante de Civil por la opinión de su familia, si lo apoyaron, o si hubo preocupación o negativa para que se incorporara a la rotación en La Balear. El padre de Daniel, actual profesor de su propia Facultad y otrora decano, le dijo que fuera. De casta le viene al galgo.

Daniel, con sueño acumulado

Al albergue llega José Antonio, estudiante de la carrera de Metalurgia en la Facultad de Mecánica. Esta es su segunda rotación y su misión es fumigar los cuartos que se vacían cuando los pacientes se van de alta. También les sirve de guía a los nuevos ingresos hasta la sala que les corresponde, y les carga las pertenencias. En la anterior rotación fue transportista, así que es un experto en La Balear. Esta vez no conocía a nadie del grupo, pero su papá lo convenció para que entrara, y ya le sobran amistades. Jamás se le olvidará aquel día en el que a una niña le dio negativo el PCR. La madre seguía siendo positiva y él tuvo que separar a la bebé de la madre para llevársela al padre. En medio de un mar de llanto de ambos lados, él se sintió como que estaba haciendo algo malo, a pesar de saber que defendía la vida.

Pero de la angustia por recordar la dramática vivencia, a José Antonio se le escapa una sonrisa socarrona. “Es que eso no es para publicarlo”, me dice. Al insistirle en que me cuente, Jose se abre. Fue en un elevador, donde tenía al frente a una abuela con la nieta en brazos. Recuerda un instante en que la bebé lo miró a los ojos, tal vez por prematura pena, pues acto seguido hizo la “gracia”, contaminando la estrechez del elevador. Pero la pena mayor la pasó la abuela, que no sabía qué decirle a José Antonio, mientras él se moría de la risa para sus adentros.

Salgo entonces con Terry a visitar a los otros seis José Antonio, entre fumigación y estudiantes. Para ir a la sala F, tomamos el mismo elevador del cuento de José Antonio, y me imagino nuevamente la escena. Ya arriba, Terry entra en la sala y yo me quedo a la espera. Al poco rato sale Javier, alias “El Chema”, a quien conozco de Mecánica.

José Antonio, entre fumigación y fumigación.

Un instante después aparece Daibelys, su novia y estudiante de Civil. La juvenil pareja trabaja en la limpieza de la sala.

Los provoco entonces para que me cuenten, y la historia de Sofía y Samuel brota de ambos, como si ya viniera a flor de labios. Así marcaron estos dos niños a la pareja, y no es para menos. Cada día se levantaban con una sonrisa, para alegrarles el día y hacerlos sentir orgullosos de haber tomado la decisión de incorporarse a la tarea. Sofía es una hermosa pequeña de seis añitos que, mientras limpiaban su cuarto, les cantaba una hermosa canción y los dibujaba diciendo que ellos eran una princesa y un príncipe. Después estaba Samuel, con cuatro añitos que, a pesar de su mirada tan tierna, ¡era tan travieso! Lo más triste de todo fue conocer que el resultado del PCR fue positivo y entonces verlos marchar a otra sala, porque la F es de sospechosos. Fue muy doloroso; dejaron un vacío muy grande en la sala. Nunca olvidarán a esos dos pequeñitos. De darse a conocer esas vivencias, la joven pareja confía en que las personas tomen conciencia y cuiden a su familia y a ellos mismos.

Daibelys y Chema en la sala F

Luego de despedirme de Chema y Daibelys, tomamos otra vez el elevador, pero esta vez en descenso. Después seguimos un pasillo al aire libre y al final doblamos a la derecha, hasta la entrada de la sala de terapia intensiva. Terry se asoma y llama. Yo miro por la pequeña abertura de la puerta y trato de imaginarme lo que sucede adentro. A los pocos segundos aparece Alejandro, un estudiante de la Facultad de Industrial.

Ya no tengo que asomarme. Alejandro me traslada en imágenes al interior de la sala. No recuerdo los detalles de lo que me dice, de su trabajo diario, su labor de limpieza. Solo se me pega en la mente una bebé de un año, con neumonía intensa, y su madre llorando, y los médicos y enfermeros sobre la niña, y la madrugada transcurriendo, y Ale que no duerme, y el corazón que se le parte al ver a esa carita adolorida y a la madre recostada a su pecho, y los ojos de Alejandro del otro lado del cristal. ¡Qué alivio cuando a la mañana siguiente la niña había mejorado!, ¡y cuando al fin, con PCR negativo, la cambiaron de hospital!

Alejandro en la sala de terapia

Jamás Alejandro había tenido una experiencia tan intensa. Las madres no paran de decirle “loco” por ir de voluntario. Pero él piensa en la importancia de que los estudiantes contribuyan, junto con el personal de salud, a salir de esta pandemia. En su opinión, ha sido una experiencia muy intensa y reconfortante. Por primera vez se descubrió más sensible de lo que creía. Y me habló con los sentimientos.

Con la bebé aún en la mente, me despido de Alejandro y me voy con Terry a la sala opuesta, la D, que es de pacientes positivos. Allí se asoma Karel, un joven de elevada estatura, que estudia en la Facultad de Eléctrica. Trato de sacarle las palabras, sus vivencias, alguna anécdota, pero nada logro. La seriedad y la nobleza pintadas en su rostro, son su mejor lenguaje. Pero por él habla una trabajadora del pantry de la sala que, al escucharnos, se asoma y nos dice: “Este muchacho es lo mejor. Para la próxima, me lo vuelven a mandar para esta sala, si no, lo voy a buscar.” Esa es la huella de Karel, quien limpia la sala, llevando su mayor limpieza en el alma.

Callado, pero muy útil

De la D, salimos al patio del hospital para volver a Karel, entrar por una puerta lateral. Por el camino, todos se meten con Terry, y él con ellos. A esta altura de la rotación, quién no conoce en el hospital a este carismático y responsable joven. Ya adentro del edificio, recorremos un pasillo y subimos una escalera. A la izquierda, la sala A; a la derecha, la B; ambas de casos positivos. Entra Terry a la A y regresa acompañado de Damaris, la única del grupo que no es de la Cujae.

La locuacidad de esta filóloga y trabajadora de INFOMED, me facilita las cosas. Sus padres son su mayor inspiración. La madre, cirujana pediatra del Juan Manuel Márquez, le dijo en sus momentos finales de vida, que estudiara, y lo dijo varias veces para que entendiera que, aunque la vida nos ponga la prueba más difícil, la superación del ser humano nunca debe detenerse. “Ella siempre puso su vocación de salvar vidas por encima de cualquier beneficio monetario o material”, afirma la joven.

Es por ello que, ante la afectación de la COVID, Damaris sintió un deseo genuino de ponerse a disposición de quienes pudieran necesitar su ayuda. Y la vida la guió en la dirección correcta cuando, al ocupar un asiento en un P-5, conoció a un estudiante de la Cujae nombrado

Juan José, quien recientemente había prestado, de forma voluntaria, sus servicios a tan noble causa. Pocos días pasaron para que ella le comunicara su deseo de ser voluntaria en un hospital de casos confirmados con COVID y, como era de suponer, escogió un pediátrico, porque cree firmemente que, quienes más merecen que pongamos nuestra vida en riesgo por ellos, son los niños.

Damaris y Oliver

En La Balear conoció a Oliver, un niño que recuerda con especial cariño, porque “sus ojos albergaban toda la ternura que una criatura humana puede profesar, y su risa era la más fresca bocanada de aire que se podía recibir”. Enamorado de la vida, este niñito solo sabía ser feliz y expresar una energía tan pura, que solo la vida misma alberga en su seno. Llegó a la sala con COVID y estuvo alrededor de 13 días bajo cuidados hospitalarios. Su madre, una mujer afable y maternal, estuvo a su lado con todo el amor que solo una madre o un padre es capaz de profesar. Damaris se enamoró tanto de toda la ternura de Oliver, que incluso la despedida, aunque fuera símbolo de su recuperación, le resultó dolorosa. Sin embargo, la experiencia vivida en La Balear con él y con todos los demás niños que pasaron por su sala, fue lo mejor que le haya pasado, consciente de lo digno que resulta amar y cuidar a otros seres humanos cuando más lo necesitan.

Mientras termino de conversar con Damaris, por la puerta de la sala B aparece Ricardo, a quien conozco de participar en excursiones al Pan de Guajaibón y a la presa La Coronela. Aunque en su trabajo como pantrista debe servirles la comida a los pacientes y llevarles agua de tomar, también les calienta el agua para bañarse, pues se siente bien atendiéndolos. Su día de trabajo es muy intenso, porque entre desayunos, meriendas, almuerzo, comida y los demás servicios, Ricardo no para de entrar y salir a los cuartos. Pero su experiencia en La Balear ha sido gratificante. Desde el principio lo marcó el hecho de Ricardo, el pantrista. que las madres le dan las gracias constantemente por la buena atención y el servicio que les brinda, y aunque ya se acostumbró, “eso no tiene precio, porque me lo dicen de corazón”.

Ricardo, el pantrista

Con Ricardo, termina mi periplo por La Balear acompañado de Terry. Al bajar al exterior, me despido de él con un mundo de vivencias en mi mente, que tocan lo más sensible de las fibras humanas. Antes de salir del hospital, recuerdo que he dejado atrás un papel con algunas anotaciones, y un bolígrafo. Vuelvo entonces al albergue del edificio docente. Como a quien le ha quedado algo por decir, Terry aprovecha mi regreso y me dice, cual sentencia: “Lo más duro es cuando tengo que separar de su madre al hijo que dio negativo. Lo más lindo, la sonrisa de un niño cuando se va de alta.”


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